Una escena

La literatura pasa en una escena: una casa en el monte entre arroyos, gallinas, perros, y una familia que desaparece. La casa modula, yendo y viniendo en el tiempo, pero no es una novela sobre el tiempo, es sobre el espacio. La casa casi cuenta oralmente su propia prehistoria, cómo es parte y resultado del monte, del barro al ladrillo, el agua: su sostén, el tala: sus cosquillas subterráneas. La casa es la narradora en primera persona, la psicogeografía de la H/historia, testigo de las distintas formas que la habitan: hombres en soledad, patrones y peones, milicias, plantas y bichos que colonizan. Sin embargo, son los Lucero –una familia obrera que aprende a cuidar la tierra, a tratarla de manera sagrada– los que la hacen sentir realmente casa por primera vez.


La casa crece, la familia también: los Lucero se reproducen porque –dice la casa– eso es a lo único a lo que los pobres pueden aferrarse. Y un día desaparecen, la familia entera así de repente con lo puesto sin dejar rastros. Y el patrón no sabe qué pasó. Y la Tata, la madre de Lorena Lucero, tampoco. Nadie los vio, y pasan diez años, y ese es el punto de partida de la novela. La casa nos guía con su canto, acento rústico y ropaje rural sin pretensiones por los vínculos con los seres que se instalan por un período en ella.


Además de voz, tiene orejas y escucha el coro que irrumpe: suspiros de fantasmas cercanos mirándola desde una esquina del monte espían y esperan salir del trauma de una guerra, fuman, toman ginebra, se meten un dedo por el agujero de una mejilla destrozada por un disparo. Indios, criollos, negros libertos, desertores de las guerras de Urquiza, excombatientes de Malvinas, abyectos e incompletos, ninguno entero: les falta un brazo, una pierna, un pedazo de cachete, una cabeza... Miradas vacías, desorientadas, espíritus atrapados en la repetición de la tortura conviven con otros juguetones: niños que muertos quién sabe cuándo ni dónde trepan los árboles riéndose y meando desde lo alto a los viejos. Esos ecos llegan a la casa desde el espinal porque la casa es el espinal. Lo que la rodea es parte de ella y viceversa.


“A mí no me levantó ningún patrón. Por eso yo los desconozco”. Para casa burguesa la de Mujica Lainez –dice la autora–, esta es una casa obrera. “Y si de alguien fui alguna vez, ha sido de él. Como dije no me gusta que nadie me ponga el lazo, pero Lucero, y después su familia, han hecho de mí una casa”. La casa forja su identidad política conforme crece, se sabe casa de trabajadores. Se piensa a sí misma y comprende cuándo ha sido refugio, cuándo reparo, cuándo sólo un techo. Casa son los perros, los chicos embarrados corriendo entre los pastos esquivando pozos ciegos (y otros riesgos), el chillido sostenido en la cocina durante las cenas, las garras de las gallinas clavadas en las rejas de madera, la vitalidad de un universo en aceptable armonía con lo que lo circunda. Como una selva almada, ¿cómo podés tener ese nombre? ¿Qué tipo de encantamiento activa nombrarte en voz alta? Selva. Almada. Ya tu nombre trae canciones, la música del litoral susurrada al oído como un largo poema, con el aguaribay de Juanele, el río y la lengua del hogar, el borde escritura-oralidad. El borde, en general. Marca de clase.


La encargada de abrir el libro es Estela Figueroa: un cosmos en pocas palabras. En esos versos big bang, la génesis de la casa. En el aguaribay florecido ardiendo de abejas: el tono, las referencias. Las personas desaparecen, los animales corren y escapan o se quedan hasta morir o continuar al siguiente estado. Las cosas pasan pero el lugar permanece impregnado de los restos fantasmáticos de los pasantes y sus alucinaciones. El territorio procesa la violencia de la naturaleza, lidia con sus maldiciones incluso cubierto de una enredadera que lo sumerge fuera del mapa. Desaparecida, la casa habla. Desde la espesura del monte, sin esfuerzo, con tendencia a la acción quieta: una escena. Toda la magia en una escena.


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