OBJETOS PERDIDOS


    Relatos.


    Luis Herrera. Buenos Aires. El Bien del Sauce edita.


    Los recuerdos, ese magma de significado múltiple que nos traslada a un tiempo otro. Como un hilo del pasado que nos acuna y nos atormenta. Una madeja de olores, ilusiones, rupturas, heridas (subjetivas y compartidas), amores, fiestas y deseos vibrantes que vienen desde allá para mostrarnos, cual espejo del alma, que esto que somos tiene una historia, un recorrido. Del niño con ciruelas en los bolsillos soñando con ser jugador de fútbol arriba de su árbol preferido, al señor que hoy destila palabras en esa “poética del existir” a la que se dedica desde hace decenas de años.


    Si recordar es regresar a un tiempo otro con la intensidad de lo vivo. Si recordar es vivir de nuevo aquello que ya es polvo por detrás de nuestros pasos; Luis Herrera hace con los propios un trabajo de orfebrería.


    Importa poco al leerlo cuánto de “real” hay en cada cuento, cuánto de todos esos retazos de vida intensamente recorridos, surgen de su propia experiencia. Y el motivo por el cual nos importa realmente poco es justamente por la sinceridad literaria que anida en cada párrafo de este libro. Cada secuencia posee tal magnitud de sensibilidad que es irremediable: autor y lector se encuentran en la experiencia del sentir. Cada fragmento de la vida o de la imaginación de Herrera es cuerpo en el lector.


    Una está arriba de ese árbol, con su sombra majestuosa y sus ramas protectoras meciéndose en el paraíso de las vivencias y afectos que han tallado cada partícula de una identidad. Siente el aroma y el sabor de las empanadas cocinados en un puro amor de horno de barro. El lector las disfruta con Herrera, las siente en la boca, mientras las saborea con la parsimonia de un viento rojo y macizo, de tierra seca, de montaña eterna.


    Leer a Luis Herrera es viajar hacia el punto neurálgico de la vida. Su proceder literario es de tal carnadura, que logra, con cada anécdota, universalizarla con la sapiencia de un artesano que conoce de cerca el tiempo exacto de cocción para enhebrar, tramo a tramo, esa “máquina hacedora de bellezas efímeras” que es Objetos Perdidos.


    Su escritura late y se expande. Su escritura es. Una no se imagina, una está allí. El cuerpo todo vibra en sintonía, porque si hay algo que a este libro le sobra (con la algarabía del buen ex abrupto), es lo intensamente sensitivo. Vamos recorriendo con Herrera su propia caja de Pandora.


    El bar, ese recinto de seguridades afectivas. Los códigos, los encuentros que el azar caprichoso nos regala por el solo hecho de pulir nuestra pereza allí adentro. Las manos que se entrecruzan entre migajas y cenizas, para cimentar una noche de fuego a pura electricidad amorosa entre dos seres que, en la lucha por lo libertario, se agarran para no soltarse nunca más.


    El asesinato de una margarita por aquella búsqueda insensata de las certezas en el amor. La fiesta del carnaval, los vecinos abandonando sus composturas en el zaguán. La fantasía acuosa de un erotismo fallido. Tirarle piedras al vacío es, entonces, el único antídoto frente a la primera desilusión que una flecha de Cupido mal parida emboca en otro rincón del barrio. 


    Un perro, que es compañero y cómplice. Atrevido y galán. Aventurero de mares y buscador de escondites secretos para cuando llega la hora del shampoo que detesta. Sus pupilas, en el momento final, son el espejo de un amor añejo que se mece a sí mismo en la última de las las despedidas.


    Un partido de fútbol (“el partido”) bañado de sangre. De cuerpo muerto en las venas del río. De un grito que aún nos duele. La argentinidad con esa marca en el ombligo. Los cuervos en la esquina de la noche llevándose la cosecha y la siembra de la solidaridad humana. Un partido de fútbol donde el gol es ausencia. Una ausencia que aún nos ensombrece, que aún nos tapa la vista con su bruma de cadáveres invisibles. 


    El deseo, ese péndulo siempre peligroso y espumante. Ese niño, el de las frutas en los bolsillos, se mira a sí mismo de este lado de la vida, cuando ya hecho un señor con su cúmulo de angustias y regocijos, dialoga con la espesura de lo onírico.


     Leer a Luis Herrera es experimentar las diversas tonalidades del sentir.


    Nos sumerge en nuestras propias bombitas de agua frustradas, la historia que muerde los tobillos, y ese devenir familiar que nos acuna sobre un manto plateado, firmamento que la memoria no quiere, ni puede borrar. Más allá del polvo, la mugre y el desconsuelo, allí permanece el bandoneón del tío, la acequia, las cabalgatas risueñas en pleno lomo de burro.


    El que se calló y ya no está. Y con el gesto de su silencio permitió la permanencia de los vivos. Dos enamorados re/encontrados en el más allá, cuando sus cenizas se entremezclan, piel con piel, como en el amor de toda una vida. Instrucciones para armar un cochecito invencible en las carreras de la vereda barrial. Con el lápiz labial de mamá, pintamos las ventanas y las ruedas. La playa con su parsimonia poética y dulzona que solo arde en el resplandor de lo ausente. El cielo, ese domador infinito de miradas y lágrimas. Lienzo ingobernable que nos salpica dulcemente nuestra infinita pequeñez.


     El barrio que se entreteje a sí mismo, con las picardías de lo compartido. La identidad de un puñado de humanos que sueña a lo grande con la simpleza de lo cotidiano, de aquello que por pequeño se torna majestuoso, imborrable. Las marcas de una vida latiendo al ton y son de las victorias y las heridas.


    Un padre dignificándose a sí mismo en un round de boxeo interminable, con la bata de satén negro que le bordó su compañera. El juego del billar y su azar que embellece la tardecita. El amor a fuego lento, con miradas estridentes, dos cuerpos que reclaman el hervor de la promesa cimentada en un juego de seducción infinita, venciendo así la sombra de lo tímido. 


    Leer a Luis Herrera es entrar en un en viaje vivo de recuerdos que mecen, duelen, gritan y acarician. Es transportarnos a nuestro propio columpio de promesas, cicatrices y deudas. La alquimia de la vida hilvanada en un telar de palabras de una sensibilidad y una poética, que una se queda, luego de leerlo, mirando al cielo, con la mandíbula colgando, mientras piensa al unísono: qué cosa esta del haber nacido. Nuestra mejor y más perfecta caja de Pandora.


    Silvina Pizarro.


    ---------------------------------------------------------------------------------------

    El Bien del Sauce Edita es un sello independiente y cooperativo.

    En tres años ha publicado más de veinte libros que abarcan diversos géneros: novela, cuento, poesía, no ficción, crónica.

    Con buena repercusión en la prensa especializada o de alcance nacional, la dirección está a cargo de Camilo Sánchez.. 


    Objetos Perdidos - Luis Herrera - El Bien del Sauce edita

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    OBJETOS PERDIDOS


    Relatos.


    Luis Herrera. Buenos Aires. El Bien del Sauce edita.


    Los recuerdos, ese magma de significado múltiple que nos traslada a un tiempo otro. Como un hilo del pasado que nos acuna y nos atormenta. Una madeja de olores, ilusiones, rupturas, heridas (subjetivas y compartidas), amores, fiestas y deseos vibrantes que vienen desde allá para mostrarnos, cual espejo del alma, que esto que somos tiene una historia, un recorrido. Del niño con ciruelas en los bolsillos soñando con ser jugador de fútbol arriba de su árbol preferido, al señor que hoy destila palabras en esa “poética del existir” a la que se dedica desde hace decenas de años.


    Si recordar es regresar a un tiempo otro con la intensidad de lo vivo. Si recordar es vivir de nuevo aquello que ya es polvo por detrás de nuestros pasos; Luis Herrera hace con los propios un trabajo de orfebrería.


    Importa poco al leerlo cuánto de “real” hay en cada cuento, cuánto de todos esos retazos de vida intensamente recorridos, surgen de su propia experiencia. Y el motivo por el cual nos importa realmente poco es justamente por la sinceridad literaria que anida en cada párrafo de este libro. Cada secuencia posee tal magnitud de sensibilidad que es irremediable: autor y lector se encuentran en la experiencia del sentir. Cada fragmento de la vida o de la imaginación de Herrera es cuerpo en el lector.


    Una está arriba de ese árbol, con su sombra majestuosa y sus ramas protectoras meciéndose en el paraíso de las vivencias y afectos que han tallado cada partícula de una identidad. Siente el aroma y el sabor de las empanadas cocinados en un puro amor de horno de barro. El lector las disfruta con Herrera, las siente en la boca, mientras las saborea con la parsimonia de un viento rojo y macizo, de tierra seca, de montaña eterna.


    Leer a Luis Herrera es viajar hacia el punto neurálgico de la vida. Su proceder literario es de tal carnadura, que logra, con cada anécdota, universalizarla con la sapiencia de un artesano que conoce de cerca el tiempo exacto de cocción para enhebrar, tramo a tramo, esa “máquina hacedora de bellezas efímeras” que es Objetos Perdidos.


    Su escritura late y se expande. Su escritura es. Una no se imagina, una está allí. El cuerpo todo vibra en sintonía, porque si hay algo que a este libro le sobra (con la algarabía del buen ex abrupto), es lo intensamente sensitivo. Vamos recorriendo con Herrera su propia caja de Pandora.


    El bar, ese recinto de seguridades afectivas. Los códigos, los encuentros que el azar caprichoso nos regala por el solo hecho de pulir nuestra pereza allí adentro. Las manos que se entrecruzan entre migajas y cenizas, para cimentar una noche de fuego a pura electricidad amorosa entre dos seres que, en la lucha por lo libertario, se agarran para no soltarse nunca más.


    El asesinato de una margarita por aquella búsqueda insensata de las certezas en el amor. La fiesta del carnaval, los vecinos abandonando sus composturas en el zaguán. La fantasía acuosa de un erotismo fallido. Tirarle piedras al vacío es, entonces, el único antídoto frente a la primera desilusión que una flecha de Cupido mal parida emboca en otro rincón del barrio. 


    Un perro, que es compañero y cómplice. Atrevido y galán. Aventurero de mares y buscador de escondites secretos para cuando llega la hora del shampoo que detesta. Sus pupilas, en el momento final, son el espejo de un amor añejo que se mece a sí mismo en la última de las las despedidas.


    Un partido de fútbol (“el partido”) bañado de sangre. De cuerpo muerto en las venas del río. De un grito que aún nos duele. La argentinidad con esa marca en el ombligo. Los cuervos en la esquina de la noche llevándose la cosecha y la siembra de la solidaridad humana. Un partido de fútbol donde el gol es ausencia. Una ausencia que aún nos ensombrece, que aún nos tapa la vista con su bruma de cadáveres invisibles. 


    El deseo, ese péndulo siempre peligroso y espumante. Ese niño, el de las frutas en los bolsillos, se mira a sí mismo de este lado de la vida, cuando ya hecho un señor con su cúmulo de angustias y regocijos, dialoga con la espesura de lo onírico.


     Leer a Luis Herrera es experimentar las diversas tonalidades del sentir.


    Nos sumerge en nuestras propias bombitas de agua frustradas, la historia que muerde los tobillos, y ese devenir familiar que nos acuna sobre un manto plateado, firmamento que la memoria no quiere, ni puede borrar. Más allá del polvo, la mugre y el desconsuelo, allí permanece el bandoneón del tío, la acequia, las cabalgatas risueñas en pleno lomo de burro.


    El que se calló y ya no está. Y con el gesto de su silencio permitió la permanencia de los vivos. Dos enamorados re/encontrados en el más allá, cuando sus cenizas se entremezclan, piel con piel, como en el amor de toda una vida. Instrucciones para armar un cochecito invencible en las carreras de la vereda barrial. Con el lápiz labial de mamá, pintamos las ventanas y las ruedas. La playa con su parsimonia poética y dulzona que solo arde en el resplandor de lo ausente. El cielo, ese domador infinito de miradas y lágrimas. Lienzo ingobernable que nos salpica dulcemente nuestra infinita pequeñez.


     El barrio que se entreteje a sí mismo, con las picardías de lo compartido. La identidad de un puñado de humanos que sueña a lo grande con la simpleza de lo cotidiano, de aquello que por pequeño se torna majestuoso, imborrable. Las marcas de una vida latiendo al ton y son de las victorias y las heridas.


    Un padre dignificándose a sí mismo en un round de boxeo interminable, con la bata de satén negro que le bordó su compañera. El juego del billar y su azar que embellece la tardecita. El amor a fuego lento, con miradas estridentes, dos cuerpos que reclaman el hervor de la promesa cimentada en un juego de seducción infinita, venciendo así la sombra de lo tímido. 


    Leer a Luis Herrera es entrar en un en viaje vivo de recuerdos que mecen, duelen, gritan y acarician. Es transportarnos a nuestro propio columpio de promesas, cicatrices y deudas. La alquimia de la vida hilvanada en un telar de palabras de una sensibilidad y una poética, que una se queda, luego de leerlo, mirando al cielo, con la mandíbula colgando, mientras piensa al unísono: qué cosa esta del haber nacido. Nuestra mejor y más perfecta caja de Pandora.


    Silvina Pizarro.


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    El Bien del Sauce Edita es un sello independiente y cooperativo.

    En tres años ha publicado más de veinte libros que abarcan diversos géneros: novela, cuento, poesía, no ficción, crónica.

    Con buena repercusión en la prensa especializada o de alcance nacional, la dirección está a cargo de Camilo Sánchez.. 


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